El legado de las Pampas
Cuando se nace en Argentina la carne no es un alimento, es una religión. Crecimos con el olor a brasas y el sonido del cuchillo en el tablero. Pero durante mucho tiempo acompañamos esta carne con montañas de pan, patatas fritas y pasta. A los 45 años entendí que para honrar verdaderamente nuestra cultura carnívora, teníamos que deshacernos de estas muletas inútiles. Reequilibrar nuestro plato no significa comer menos carne, significa comer mejor todo lo que hay a nuestro alrededor.
Aquí es donde la dieta baja en carbohidratos se convierte en una opción obvia. En Argentina tenemos la suerte de tener animales que corren por las Pampas, alimentados con pasto, con una sabrosa grasa amarilla. ¿Por qué desperdiciar este regalo de la naturaleza con carbohidratos refinados que sólo pesan el cuerpo y nublan la mente? Volviendo a lo esencial (proteínas, grasas buenas y vegetales verdes), encontramos la fuerza original del gaucho. Es una cuestión de respeto por el producto y por nuestra propia biología.
La luz del fuego
Frente a mi asado veo la verdad. El fuego no miente. Revela la estructura de la carne, realza la grasa. Cuando eliminamos el azúcar y la harina, redescubrimos el verdadero sabor de la vida. Ya no necesitamos salsas complicadas para enmascarar la mediocridad. Buscamos la pureza. El low carb es como un buen fuego: requiere paciencia, precisión y un conocimiento profundo de los elementos. Es una disciplina que aporta una claridad mental increíble. Ya no perseguimos la energía, la encarnamos.
Veo la diferencia en mis manos, en mi aliento. Antes, después de un tradicional asado con mucho pan y vino dulce, me daba peso, necesitaba una siesta de tres horas. Hoy puedo permanecer frente a las brasas todo el día, con la mente alerta y el cuerpo alerta. Ese es el verdadero poder. Ya no seas esclavo de tu nivel de azúcar en sangre. Poder aguantar, durar, estar presente. El fuego nos enseña constancia y la dieta baja en carbohidratos nos da los medios para esa constancia.
El arte de la saciedad
Nos han enseñado a temer a la grasa, cuando es la grasa la que nos salva. La grasa de nuestros animales es un tesoro de nutrientes. Es él quien trae la saciedad, ese sentimiento de paz interior que nos dice que tenemos todo lo que necesitamos. Sin carbohidratos, la señal de saciedad vuelve a ser pura. Comemos, saboreamos y paramos de forma natural. Ya no estamos en la compulsión, estamos en el gusto. Es una forma de libertad que muchos han olvidado en el tumulto de la comida moderna.
Reequilibrar nuestra cultura significa regresar a nuestras raíces más profundas. Antes de la industrialización de los alimentos, comíamos lo que nos daba la tierra. Carne, huevos, verduras de temporada. El azúcar era un lujo escaso. Al elegir lowcarb no nos ponemos a dieta, volvemos a la razón. Honramos a nuestros antepasados que sabían que la fuerza proviene de la densidad, no del volumen. El asado es mi templo, y la verdad está en las brasas.
La transmisión del gesto.
Quiero transmitir esto a la nueva generación. No se deje engañar por los envases coloridos y las promesas de placer inmediato. La verdadera satisfacción llega con el tiempo. Aprenda a amar el sabor del hierro de la carne, el amargor de las hierbas silvestres, la dulzura de la grasa derretida. Esta es la paleta de la vida. La dieta baja en carbohidratos no es una restricción, es una ampliación de nuestras percepciones. Se vuelve más sensible, más consciente, más vivo.
Aquí en Buenos Aires el viento a veces sopla fuerte, pero el fuego permanece. Lo mismo ocurre con nuestra salud. Las modas pasan, los dogmas cambian, pero la biología sigue siendo la misma. Estamos hechos para quemar grasas y proteínas. Respetando esta sencilla regla, encontramos un equilibrio que nada puede alterar. El asado continúa, el fuego está listo y mi mente está despejada. Eso es todo lo que importa.