El fuego como herramienta ancestral baja en carbohidratos
Mateo Rueda
Mateo Rueda
Publicado el 3 de octubre de 2023
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El fuego como herramienta ancestral baja en carbohidratos

Fuego en las montañas

Nací en los Andes, a una altitud donde el oxígeno es escaso, donde cada respiración es una negociación con el cielo y donde el fuego no es un lujo decorativo, sino un recurso vital, casi sagrado. Crecí a la sombra de las cumbres, donde el frío de la noche desciende como una capa de plomo en cuanto el sol se oculta detrás de las crestas. En mi memoria, el olor de mi infancia no es el de las flores, sino el del crepitar de la madera de quebracho y el del humo azul que se eleva hacia las estrellas. Vi a mi padre y a mi abuela domesticar esta llama: no cocinaban por una tendencia o por la estética de una revista, sino por una necesidad dictada por la propia tierra. Con fuego no se hace trampa. Cocinamos lo que resiste su mordisco, lo que sale crecido, transformado, magnificado. Las proteínas densas, las grasas que derriten y nutren las brasas, los tubérculos que resisten el calor intenso, las hierbas silvestres que aportan un frescor picante en medio del horno. Fue allí, frente a este hogar, donde comprendí por primera vez que estos alimentos -y sólo ellos- crean una saciedad que no es una simple pesadez en el estómago, sino una fuerza interior, una energía que parece emanar de los propios huesos.

En estas alturas aprendemos rápidamente que lo que no podemos tirar directamente a la parrilla o a las cenizas muchas veces no tiene cabida en la mesa. Los cereales, las harinas, los azúcares refinados –esos inventos de la llanura– están ausentes de nuestro horizonte culinario ancestral. Ésta no es una restricción ideológica ni una dieta de moda; es una consecuencia lógica de vivir en altura y cocinar al fuego. El fuego rechaza la ilusión del almidón. Requiere sustancia, resistencia. Cuando colocas un trozo de carne sobre las brasas, no necesitas aglutinante, pan rallado ni azúcar para crear una costra. La reacción de Maillard, este beso de fuego a la proteína, crea una complejidad de sabores que ninguna fábrica podrá reproducir jamás. Es una lección de biología aplicada: el cuerpo reconoce esta firma térmica y química como una señal de nutrición densa, de energía que durará, de combustible que no te traicionará cuando el camino se vuelva empinado.

Simplificación natural

En el fuego no hay lugar para la complejidad superficial, para esos artificios que enmascaran la pobreza de un ingrediente mediocre. En la cocina moderna, a menudo utilizamos el azúcar y el almidón como muletas, aderezos para dar volumen a lo que no tiene sabor o para unir lo que no tiene estructura. El fuego es un revelador despiadado. Él expone la verdadera naturaleza de lo que le confías. Sin salsas almibaradas para ocultar carne de mala calidad. Sin capas de harina para crear falsa saciedad. Sólo la proteína y la verdura, desnudas ante el calor, revelando su verdad más profunda. Y cuando comemos así redescubrimos una satisfacción que los complicados platos de la ciudad han olvidado. Es una satisfacción que no proviene del volumen ingerido, sino de la densidad nutricional y la pureza sensorial.

A menudo observo los rostros de quienes prueban por primera vez esta cocina ardiente, despojada de carbohidratos superfluos. Al principio hay una sorpresa, casi una desconfianza: ¿cómo puede ser tan completo un plato tan sencillo? Luego viene la calma. La carne asada, con su grasa crujiente y su centro jugoso, envía un mensaje inmediato al cerebro: \ Las verduras asadas, cuyos azúcares naturales han sido concentrados por el calor sin diluirse con el agua, aportan una textura y profundidad suficiente por sí solas. La ausencia de carbohidratos rápidos no se vive como una carencia, sino como una liberación. No terminamos la comida con ganas de más ni buscando algo dulce para compensar la frustración. Terminamos la comida con la sensación de estar firmes, sólidos y listos para el resto del día.

Altitud y requerimiento de energía.

A dos mil metros de altitud, o incluso más arriba en los pliegues de la cordillera, el cuerpo no perdona los errores de combustible. El oxígeno es escaso, el metabolismo está constantemente llamado a mantener la temperatura interna y garantizar el esfuerzo físico. En este entorno, los azúcares rápidos y los picos de insulina son más que inconvenientes; son peligros. Un 'chack' de energía en mitad de una subida o durante una jornada de trabajo en el campo no es una opción. Necesitamos energía que arda como un gran tronco de madera dura, lenta y seguramente, durante horas, y no como un puñado de paja que se incendia y se apaga en un instante. Esta es la definición misma del estado metabólico que buscamos hoy con las dietas bajas en carbohidratos y cetogénicas, pero para nosotros era simplemente la condición para sobrevivir.

El fuego y la cocción que requiere (esas proteínas asadas, esas respetadas grasas animales, esos vegetales fibrosos) proporcionan exactamente ese combustible duradero. Acostumbrando al cuerpo a obtener energía de grasas y proteínas, desarrollamos una resistencia metabólica que es el reflejo de la resistencia física de los montañeses. El nivel de azúcar en sangre se mantiene estable, la mente permanece despejada y el hambre nunca se convierte en una emergencia de pánico. Es una lección que el Occidente moderno, con su obsesión por los carbohidratos procesados y baratos, ha olvidado trágicamente. Hemos cambiado la estabilidad del fuego por la inestabilidad del vapor, y nuestra salud está pagando el precio. Volver a la cocina directa significa también volver a una fisiología más sobria, más robusta, más humana.

verdadero sabor

Cuando se asa un trozo de ternera o de cordero al fuego de leña, cuando se echan las verduras al fuego con sólo un poco de sal y unas cuantas hierbas frescas, el sabor que emerge es el sabor original. No se mejora con aditivos, no se transforma mediante procesos industriales; simplemente se revela por el calor. La grasa, al derretirse, se convierte en vector de todos los aromas de la madera y de la tierra. La sal no está ahí para enmascarar, sino para resaltar. Es una experiencia sensorial total que nutre el paladar de una manera que los sabores artificiales nunca podrán igualar. En una dieta baja en carbohidratos, esta satisfacción sensorial es crucial. Si le quitas el azúcar, tienes que darle al cuerpo una recompensa mayor y más profunda.

El fuego permite esta transición sin esfuerzo. Transforma ingredientes simples, casi crudos, en algo extraordinario. Un calabacín ya no es sólo una verdura acuosa; se convierte en una pieza de resistencia con sus marcas de parrilla y su sabor a nuez. La carne ya no es sólo una fuente de proteínas; se convierte en un viaje aromático. Esta riqueza de sabor es lo que hace que el estilo de vida bajo en carbohidratos sea sostenible. No comemos 'menos', comemos 'mejor', con una intensidad que cocinando con agua o en el microondas nunca podrá conseguir. Es el secreto de los antiguos: no existe restricción cuando la calidad de la experiencia está en su punto máximo.

Transmisión de fuego

No estoy aquí para darte recetas precisas ni instrucciones técnicas frías. Estoy aquí para compartir un enfoque, una filosofía de vida. El fuego es la herramienta más antigua de la humanidad, la que dio forma a nuestro cerebro, nuestro sistema digestivo y nuestra cultura. Aprender a cocinar con él significa reconectarse con una línea ininterrumpida de conocimientos. Es entender que el fuego nunca miente. Si tu ingrediente es malo, el fuego lo demostrará. Si tu acción es impaciente, el fuego te castigará. Pero si respetas el producto y el tiempo, el fuego te ofrecerá lo mejor de la tierra.

En definitiva, adoptar una dieta baja en carbohidratos y redescubrir la cocina con fuego son dos caras de una misma moneda. Es un regreso a lo básico, un rechazo a las ilusiones modernas y una celebración de lo que realmente nos nutre. Cuando aceptamos que las proteínas, las grasas buenas y las verduras de temporada son suficientes, que el almidón es sólo un ruido de fondo innecesario, entramos en una nueva dimensión de salud y placer. El fuego nos enseña paciencia, calidad y verdad. Y es esta verdad, ardiente y sincera, la que espero ver brillar en vuestras cocinas, para que cada comida sea una reconexión con la propia naturaleza.

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Crujientes chips de parmesano y salsa de yogur y eneldo
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Cerdo marinado con jengibre y lima
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Mateo Rueda Colombia

Chef Mateo Rueda

Colombia

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