la escuela de mar
A los 35 años, cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que mi mejor escuela no fue la universidad, sino la costa atlántica de Portugal. Crecí con el sonido de las olas y el olor a sal. Para nosotros, el pescado no era un lujo ni una opción dietética; era un hecho cotidiano, una extensión natural de nuestro paisaje. Cada mañana, los barcos traían lo que el océano estaba dispuesto a ofrecer, y eso era lo que acababa en nuestros platos unas horas más tarde. Fue una lección de sencillez y frescura que todavía llevo dentro de mí.
Comer pescado casi todos los días no era una limitación, era nuestro ritmo. No sabíamos qué era el 'omega-3' o la 'proteína magra', solo sabíamos que este pez nos daba fuerzas para correr en la playa y nadar en el agua fría. El mar fue nuestra despensa, y nos enseñó que el mejor alimento es el que proviene directamente de la fuente, sin procesamientos innecesarios. Esta proximidad al producto crudo es la base de mi filosofía alimentaria actual.
La lógica del lugar.
Hoy en día hablamos mucho de la dieta baja en carbohidratos como una estrategia compleja, pero para nosotros era simplemente la lógica del lugar. No comíamos pescado porque era \ Nuestra dieta 'baja en carbohidratos' fue una consecuencia de nuestro entorno, no una decisión intelectual.
Esta ausencia de cuestionamiento es, en retrospectiva, una ventaja inmensa. Cuando la comida es un hecho, el estrés desaparece. No contamos, no pesamos, saboreamos. El pescado, ya sea a la parrilla, escalfado o en un guiso ligero, nos proporcionó todo lo que necesitábamos. Era una dieta de sentido común, donde el placer y la necesidad se fusionaban a la perfección. Volviendo hoy a esta evidencia, no intento seguir una moda, intento redescubrir esta paz que sólo la verdad del producto puede ofrecer.
La fuerza silenciosa del océano
Un plato de pescado fresco (una merluza de carne firme, una sardina plateada o un delicado lenguado) tiene un poder saciante único. Es una saciedad que no pesa, una fuerza tranquila que se afianza a largo plazo. A diferencia de los alimentos ricos en almidón, que crean una sensación de saciedad pesada y pasajera, el pescado nutre las células en profundidad. Nos sentimos plenos, pero ligeros. Tenemos energía durante horas, sin sentir nunca la necesidad de tumbarnos después de una comida. Ésta es la fisiología de la costa: estar preparados para la acción en cualquier momento.
Esta saciedad natural es la clave para un metabolismo equilibrado. Evitar la montaña rusa de la insulina proporciona al cuerpo una valiosa calma interior. El pescado, con sus grasas nobles y proteínas de alta calidad, es el combustible ideal para una vida activa y lúcida. Aprendí a escuchar esta señal de fina satisfacción que el pez envía al cerebro. Es un diálogo silencioso entre el océano y mi cuerpo, un reconocimiento mutuo de lo que es correcto y bueno.
El espíritu del Atlántico
Lo que más me sorprende después de una comida de pescado es la claridad mental que la acompaña. No hay niebla, ni fatiga posprandial, ni caída de la moral. La mente permanece aguda, alerta, como arrastrada por el viento del Atlántico. Es un sentimiento de presencia total en el mundo. Nos levantamos de la mesa con ganas de crear, de movernos, de vivir. El pescado no sólo nutre el cuerpo; También parece aclarar el pensamiento. Este es quizás su mayor secreto.
A mis 35 años, esta claridad se ha convertido en mi prioridad. Ya no quiero comidas que me dejen inconsciente o reduzcan mi impulso. Quiero que mi comida sea un trampolín, no una carga. Al elegir el pescado como pilar de mi dieta, elijo luz y fluidez. Redescubro la energía de mi infancia en la costa, esta vitalidad cruda que espera ser expresada. El pescado es mi aliado para seguir siendo fiel a mí mismo en un mundo que muchas veces busca agobiarnos.
La evidencia encontrada
El pescado no es sólo una opción; es la evidencia misma de una vida sana, anclada en la realidad de nuestro territorio y de nuestra biología.
Te invito a redescubrir esta sabiduría costera. No vea el pescado como una limitación en la dieta, sino como una puerta abierta a una nueva vitalidad. Deja que el océano entre en tu cocina y transforme tu energía. Busca la frescura, saborea la sencillez y disfruta de esa claridad que sólo el producto real puede aportar. El mar es generoso, sólo hay que saber recibir sus regalos. ¡Bom apetite e viva o mar!