La sangre del Atlántico
Mi abuelo era un hombre de mar, un pescador cuyas manos hablaban de décadas de lucha con el Atlántico. Mi abuela era la guardiana del hogar, la que supo transformar el regreso de la pesca en un festín de sencillez. En su casa el pescado nunca fue complicado. Se asaba a las brasas, se escalfaba en un caldo claro o simplemente se servía con un generoso chorrito de aceite de oliva y un poco de sal marina. Era una evidencia absoluta, una forma de pureza que nada podía mancillar. Esta herencia es mi sangre, mi brújula culinaria.
A medida que fui creciendo, entendí que esa sencillez no era una falta de medios, sino una forma de respeto supremo por el producto. Un pescado recién salido del agua no se esconde detrás de salsas espesas o acompañamientos complejos. Le dejamos hablar. Esta lección de moderación está en el centro de mi enfoque de hoy. Retornar al patrimonio costero significa rechazar el ruido de la modernidad para encontrar el silencio elocuente de la frescura. Es un acto de fidelidad a quienes nos enseñaron a comer con verdad.
El porqué y el cómo
Hoy en día, la modernidad nos bombardea con preguntas: '¿Por qué no añadir esto?', '¿Por qué no transformar aquello?', '¿Cómo podemos hacer que este plato esté más de moda?'. Nos vemos empujados a innovar constantemente, a menudo en detrimento de la salud y el sabor. Pero cuando la gente me pregunta por qué insisto en cocinar de forma tan sencilla, digo que así ha funcionado siempre la costa. El mar no necesita marketing. Impone su propio ritmo y reglas. Mi cocina es una respuesta a esta exigencia de realidad.
Cuestionar la modernidad también significa darse cuenta de que gran parte de nuestro \ Es una modernidad consciente, que sabe lo que debe preservar.
La purificación necesaria
Revisar la tradición no significa copiarla servilmente, sino purificarla para extraer su esencia. En mi cocina, esto significa eliminar adiciones modernas que no tienen cabida allí: empanados innecesarios, salsas espesadas con almidón, guarniciones demasiado altas en carbohidratos. Mantengo el corazón de la receta (la técnica de cocción, la combinación de sabores primarios) y dejo de lado lo superfluo. El resultado es un plato que se parece al de mi abuela, pero que se adapta perfectamente a mis necesidades actuales.
Esta purificación es una liberación. Permite redescubrir la verdadera textura de un pescado, el crujido de una verdura de temporada, el toque ácido de un limón fresco. Ya no comemos por costumbre o por automatismo, comemos con una aguda conciencia de cada sabor. Es una cocina de precisión, donde cada ingrediente debe estar impecable porque no tiene dónde esconderse. La claridad es exigente, pero es infinitamente más gratificante que la confusión. Ésta es la elegancia de la verdad.
El vínculo entre las edades.
A mis 35 años, cuando pongo la mesa para mis hijos, siento una emoción profunda. Sé que las acciones que hago son las mismas que las de mi abuela. Al servirles un pescado sencillo y saludable, los conecto con un linaje de fuerza y salud. No sólo comen nutrientes, comen una historia, un territorio, una cultura. Es una continuidad encarnada que atraviesa las épocas sin debilitarse. La mesa es el lugar donde las generaciones se encuentran y se reconocen.
Mi determinación de promover una alimentación consciente no flaquea. Es un honor acompañarlos en este camino de transformación. Juntos estamos redefiniendo lo que significa comer bien. Te espero en mi cocina para nuevos descubrimientos sabrosos y saludables.