El horizonte como límite
Es interesante notar que cuando vives en Montana, el espacio no es una abstracción, es una presencia. La inmensidad del paisaje te obliga a mirar dentro de ti. Si estás abarrotado de azúcar, con picos de insulina, con niebla mental, no podrás apreciar esa claridad. Estás demasiado ocupado lidiando con tus propias fluctuaciones internas. Para mí, la dieta baja en carbohidratos es una forma de alinear mi estado interno con la pureza del aire exterior.
A veces es una cuestión de supervivencia. Cuando estás en la montaña, necesitas energía con la que puedas contar. No puede permitirse el lujo de sufrir una \
El silencio del metabolismo
Más allá de eso, hay un maravilloso silencio que se produce cuando el cuerpo deja de exigir glucosa. Es como si un ruido de fondo constante se hubiera detenido. Te vuelves más atento a los sonidos de la naturaleza, los movimientos de los animales, los cambios de luz. Tu percepción se agudiza. Esto es lo que yo llamo claridad exterior. No es sólo una ausencia de fatiga, es una mayor presencia en el mundo. Finalmente estás disponible para quienes te rodean.
Esta claridad se refleja en mi cocina. En la parrilla, no trato de enmascarar los sabores, trato de realzarlos. Un pescado pescado esa mañana, unas cuantas hierbas silvestres, el sabor del humo. Eso es todo. La simplicidad es el resultado de una gran disciplina. Hay que saber qué quitar para que aparezca lo imprescindible. Muchas veces agregamos azúcar cuando no confiamos en la calidad de nuestros ingredientes o en nuestra propia capacidad para apreciar la verdad.
La fuerza del elemento.
Estamos hechos de los mismos elementos que esta tierra. Nuestras células necesitan minerales, vitaminas y grasas saludables. Al comer bajo en carbohidratos, respetamos esta composición elemental. Dejamos de contaminar nuestro sistema con moléculas sintéticas o concentraciones de azúcar que la naturaleza nunca pretendió. Encontramos una forma de robustez que nos permite afrontar los elementos, ya sea el frío intenso del invierno o el calor seco del verano.
Esta robustez no es sólo física, es mental. Cuando sabes que puedes confiar en tu cuerpo, tienes menos miedo a lo desconocido. Te atreves a ir más allá, a explorar nuevos territorios, tanto en la cocina como en la vida. La parrilla es mi ancla, pero la claridad que me brinda me permite navegar por todos lados con confianza. Éste es el regalo de la estabilidad metabólica: la libertad de movimiento.
El legado del fuego
Así es como, en definitiva, cocinar al aire libre significa reconectar con una herencia milenaria. Nuestros antepasados no contaban calorías, buscaban densidad. Buscaban grasas y proteínas porque eran garantía de supervivencia. Al volver a estos principios no retrocedemos, volvemos a la razón. Usamos la ciencia moderna para validar intuiciones antiguas. Low-carb es la versión contemporánea de esta sabiduría ancestral.
Veo que la gente cambia cuando come mi comida. Llegan estresados, cansados, con la mente desordenada. Después de una comida densa, rica en grasas buenas y proteínas, sus rostros se relajan. Encuentran una forma de calma, una claridad en sus ojos. Ésta es la magia de la parrilla y la verdadera nutrición. No sólo alimentamos los músculos, alimentamos la mente. Y aquí, bajo el cielo de Montana, eso es lo único que realmente importa.